Lou Reed | Cinco historias, cinco canciones

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Por Miguel Marín Felipe

RegeneraciónMx, 22 de enero 2023. En el imaginario popular, el nombre Nueva York evoca siempre imágenes de elegancia y alta calidad de vida. Asimismo, si pensamos en neoyorkinos famosos, sin duda vienen a nuestra mente aquellos que de cierta manera han contribuido a consolidar esa noción.

En cambio, quien hoy nos ocupa, si bien es todo un icono del rock, como representante de la llamada ‘gran manzana’ no fue siempre bien visto, ya que su música exploró el lado más sórdido de la urbe. Esto permitió desmitificar el glamour y humanizar más la perspectiva de la ciudad, al tiempo que el artista en cuestión se mostraba como un virtuoso de la guitarra y un letrista intenso y descarnado.

Louis Allen Reed, mejor conocido en la escena musical como Lou Reed, nació en Southampton, Nueva York, en marzo de 1942. Su infancia y adolescencia fueron tortuosas, ya que, si bien pudo dar rienda suelta a su amor por las artes, fue víctima de internamientos e incluso terapia de choques eléctricos a instancias de sus padres, quienes no estaban dispuestos a tolerar la manifiesta homosexualidad de Lou, por lo que, al menos en un inicio, estaban resueltos a “curarlo”. Con el paso de los años y con no pocos tropiezos comerciales, fue surgiendo la leyenda de Lou Reed. Vamos a explorarla a través de cinco canciones seleccionadas.

Heroin

El disco debut en la carrera de Lou Reed fue producido por el peculiar y polémico artista plástico Andy Warhol. Por imposición del mismo Warhol, fue incluida no solo como parte de la banda, sino también en el nombre del disco, una modelo alemana de etérea tesitura vocal, conocida como Nico. De manera que el disco se llamó The Velvet Underground and Nico. Y aunque la intención de Warhol era proyectar a la banda a través de las canciones interpretadas por Nico, se ha abierto paso a través de la historia esta pieza transgresora y políticamente incorrecta.

Aunque 1967 es conocido como el año del ‘verano del amor’, en que los ímpetus pacifistas de la juventud y el uso de sustancias psicoactivas se veían como el advenimiento de una sociedad que finalmente abriría, como lo dijo Aldous Huxley, “las puertas de la percepción”; de las entrañas del ronco pecho de Lou Reed, emanó este canto de rabiosa psicodelia cuya letra describe los efectos de una droga dura que poco tenía que ver con la meditación y la búsqueda de nuevos horizontes artísticos.

«Cause it makes me feel like I’m a man!», canta un Lou Reed muy probablemente en el cénit de un buen shot, mientras la canción después de ser un crescendo de guitarra y percusión, deviene en un caótico vórtice causado por la viola eléctrica de John Cale.

Dirty Boulevard

En 1989, Lou Reed entregó un álbum en el que se le podía percibir mucho más suelto que nunca, sobre todo a la hora de contar las truculentas historias de promiscuidad, prostitución, droga y desigualdad que se vivían en su querida ciudad. Fue así como el mundo escuchó New York, un álbum en el que Reed implementó una forma muy ingeniosa de contar sus relatos de principio a fin en cada canción, con un fraseo casi recitado, que transcurre entre relativamente pocos compases sin necesariamente buscar armonizar con la música, la cual no desmerece en lo más mínimo al estar magníficamente producido por el propio Reed y su bajista Fred Maher.

La canción nos cuenta la historia de Pedro, un niño pobre que sufre maltrato y que en medio de una ciudad inclemente y descorazonada, termina su día escapando momentáneamente de su realidad a través de las fantasías en las que se sumerge gracias a un libro de magia que encontró en la basura.

Aparte del fraseo a lo Bob Dylan, Lou Reed se despacha con una guitarra que en todo momento se hace presente con un delicioso overdrive de especial pulcritud.

Street Hassle

Para 1978 ya habían quedado atrás todas las óperas rock posibles, las más grandilocuentes y memorables, contra las cuales, Lou Reed nunca pretendió competir. Sin embargo, fue en ese año cuando Lou realizó este álbum cuya canción homónima, Street Hassle, tuvo esos tintes de obra magna gracias no solo a una extensión  de 11 minutos, sino también a un arreglo de cuerdas repetitivo y delicioso por parte de Aram Schefrin, uno de los músicos alemanes de quienes se rodeó Reed durante el período de grabaciones en Berlín.

La canción, con cuatro distintas secciones, cuenta dos truculentas historias muy neoyorquinas: la de una mujer que contrata a un gigoló y la de una mujer que muere en su departamento, narrada por un dealer callejero. Asimismo, cuenta con la participación no acreditada de Bruce Springsteen recitando un poema, presumiblemente de su autoría, que termina con un remate autoparódico: «Joe, tramps like us, we were born to pay».

Walk on the wild side

En el disco Transformer de 1972, Lou Reed consolidaba su estilo y al mismo tiempo exploraba nuevas fórmulas. Tal es el caso de esta canción de cadencioso ritmo jazzy, carente, de hecho, de la distintiva guitarra eléctrica que Lou Reed siempre hacía notar. En cambio, tenemos un contrabajo cuyo golpeteo se deja sentir desde un primer momento, percusiones suaves, arreglo orquestal y un saxofón que se asoma un tanto juguetón sobre el final.

El ambiente es intencionalmente sensual y por momentos coquetea -nunca mejor dicho- con lo lascivo, pues la letra es un repaso de las historias de algunos personajes que durante los años sesenta se daban cita en The Factory, el estudio de Andy Warhol. Prostitutas, trasvestis y en general figuras marginales relacionadas con el erotismo, dan forma a esta oda a la liberación sexual, que asimismo pretende reivindicar a los marginales a quienes la mentalidad conservadora los llevó a ser proscritos. El propio Lou Reed lo sufrió en un primer momento, aunque con los años se jactaría de haber sido novio de transexuales, trasvestis y mujeres por igual, sin tapujos y con toda naturalidad. En este sentido, como en muchos otros, siempre fue un adelantado a su época.

Satellite of love

Igualmente contenida en Transformer, esta bella canción de desamor es una de las piezas más valoradas dentro de la obra de Lou Reed. Se trata de una balada con al menos tres movimientos distintos. Las estrofas transcurren con un piano predominante, mientras que el puente y la parte final tienen un tono más rockero donde cobran presencia la guitarra eléctrica y -sobre el final- unos coros cortesía de David Bowie, muy al estilo de su personaje Ziggy Stardust.

La letra es el amargo relato de un solitario cualquiera que ha sido engañado por su pareja hasta con tres distintos amigos. Se consuela mirando por televisión el lanzamiento de un satélite hacia el espacio exterior (una temática muy del Bowie de los 70), y sumido en una soñadora melancolía se refiere al ya inalcanzable artilugio que remonta el cosmos como “satélite del amor”.

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