Opinión: El extraño caso de la intelectualidad Mexicana

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Por Ramiro Padilla Atondo

RegeneraciónMx.- He hablado extensivamente del tema del intelectual promedio mexicano a través de las diferentes plataformas en las que participo en youtube. Incluso me planteé el tema en uno de mis primeros ensayos que conforman el libro El pequeño chairo ilustrado. Siempre me he preguntado si existe algo parecido a una escuela mexicana de pensamiento. No tengo dudas de que  probablemente ya existe o existirá en los próximos años. El asunto es que a diferencia de muchos países, digamos el club de los países ricos que se permiten tener profesores de tiempo completo que se dediquen a pensar, en México pareciese que este tipo de actividad intelectual merced a las estrategias neoliberales de hacer des-pensar a la población;  se ve como una actividad ociosa o de cero valor agregado para una mayoría. A la caída de la cortina de hierro, los pensadores del país que quedó como potencia hegemónica, anunciaron con gritos y fanfarrias la victoria del capitalismo más depredador de la historia.

Esto tuvo consecuencias insospechadas. La primera de ellas y como bien planteó Noam Chomsky en su libro, “Lo que realmente quiere el tío Sam”, fue la clausura de las rutas marítimas de la cocaína hacia Estados Unidos. México como la frontera, se convertiría en el paso natural, ayudando a incubar lo que más tarde se convertiría en la guerra contra el narco, el conflicto más sangriento desde la revolución mexicana, pero esta vez, en vez de  vindicaciones sociales, se trató de la lucha por el control de las rutas de empresas trasnacionales que defienden sus territorios de manera violenta.

La segunda, fue el anuncio de un viejo pernicioso llamado Samuel Huntington que anunciaba en su “Choque de civilizaciones” que en el futuro, las guerras ya no tendrían un componente ideológico sino religioso. Es ocioso recordarle al finado profesor, que la religión también tiene sus componentes ideológicos. Pero más allá de su fallida tesis, su intención era darle precisamente un marco ideológico a las nuevas aventuras bélicas del imperio. El medio oriente se convirtió rápidamente en un gigantesco depositorio de víctimas inocentes. El pretexto eran las armas de destrucción masiva que nunca existieron o la simple y llana competencia para el dólar como moneda de uso corriente, amén de la extracción de los recursos naturales que curiosamente abundan en los países invadidos.

Carlos Fuentes escribiría un libro completo: “Contra Bush”, un testimonio valiente y decidido desde la claridad intelectual, mientras Enrique Krauze, su contraparte y enemigo furibundo, como lo dije en la columna anterior, estaba a favor de apoyar la invasión norteamericana a cambio de cobrar el favor, como si estuviésemos en ese entonces en posición de cobrar cualquier tipo de favor, sobre todo con un presidente como Vicente Fox, cuyos desaciertos intelectuales lo harían decir José Luis Borgues, en vez de Jorge Luis Borges. O como olvidar a su esposa Martita decir con la seguridad que solo da la ignorancia, Rabina Gran Tagora tratando de  referirse al pensador hindú Rabindranath Tagore.

Los noventa fueron tiempos  menos convulsos de lo que parecían. Eran tiempos de bonanza para la “élite” intelectual de país, cuyos miembros podían ya sin ningún pudor sacarse fotos con un presidente surgido de un gigantesco fraude. El presidente les pagaría los favores dándoles contratos a granel. Pero más allá de su cercanía al poder, cierta parte de la intelectualidad mexicana daría por sentado que el sistema no cambiaría. Esto es, no solo morirían dentro de un sistema en el cual se sentían intocables, al grado de vender la mayoría de los tirajes de sus revistas al mismo gobierno, sino que también pensaban ya en su legado.

El problema es que la historia como se ha mostrado en múltiples ocasiones no es lineal, las sociedades no avanzan de la misma manera en lo tecnológico que en lo social, y el neoliberalismo solo vino a ensanchar la brecha. En Estados Unidos los intelectuales tienen claro que la construcción del sentido común tiene que ver sobre todo con el anti socialismo. Es por eso que intelectuales de la talla de Noam Chomsky no aparecen en los principales canales de televisión. En nuestro país hay un fenómeno parecido. Gracias a las redes sociales el pensamiento divergente, el que transitaba por la periferia, es ahora visto en muchos lados.

Es curioso que el mismo Octavio Paz en su ensayo “La inteligencia mexicana” se plantea esta dicotomía; dice que: “Tanto esos cambios  como la cultura expresan tentativas de formular y construir México y la mexicanidad  que no siempre coinciden con la verdadera naturaleza del mexicano”.

Y no pueden ser más ciertas sus palabras al arribo del sistema neoliberal. Es como una camisa de fuerza validada desde las esferas intelectuales  que tanto defienden el legado de Paz al que algunos no sin sorna se refieren como sus viudas.

Ha habido intentos por plantearse estos temas desde Samuel Ramos desde “El perfil del hombre  y la cultura en México” hasta Agustín Basave con su libro “Mexicanidad y esquizofrenia. Lo terrible de este caso es que estos intelectuales que hicieron de Octavio Paz la centralidad de su obra, hayan sucumbido a los encantos de un  pensamiento que poco tiene que ver con nosotros los mexicanos.

No es sino hasta ahora que empezamos a cuestionarnos sobre qué tipo de intelectualidad nos merecemos. El intelectual Alejandro Rozado se plantea desde la periferia si podremos llegar a la centralidad. No hay una cultura del debate de ideas en nuestro país simplemente porque la estrategia de los medios hegemónicos es apagar el pensamiento divergente, aquel que va en concordancia con el espíritu del mexicano como bien lo ha planteado Enrique Dussel del cual estaré escribiendo en próximas entregas.

Parafraseando a José Agustín, la misma intelectualidad hegemónica mexicana se ha convertido en una tragicomedia. Han dejado de tener respuestas a las nuevas interrogantes que se plantea nuestra sociedad. De pronto, aquello que estaba encerrado, cubierto por un manto de desprecio, esa cosmogonía del mexicano originario, cosmogonía desarticulada por los conquistadores, pugna por salir, por desenmascarar nuestro verdadero espíritu , aquel que no es totalmente occidental ni totalmente indígena, sino solo mexicano, alejado de los liberales clásicos que nunca entendieron el país en el que viven.

Sigue a Ramiro Padilla Atondo en Twitter como @ramiroatondo

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